En nuestra entrega de hoy, Remigio Planchudo tenía gran afición por algunas cosas curiosas, como hurgar en sobacos ajenos, robar pelos de bigotes y sobre todo, asar a la plancha.
Hasta que un día le pegaron un tiro. Pero sobrevivió. Fue un gran acontecimiento en el pueblo, y regalaron paella y vino para todos. Luego hubo un empacho por salmonella generalizado. Cosas del oficio.
También acostumbraba a dejar sin pagar las facturas de la luz, hecho por lo que fue condenado con sanción administrativa a no volver a probar en su vida bocatas de atún. Nadie vió relación alguna entre estos dos hechos. Salvo el forense que tuvo que analizar el cadáver del juez
- En efecto, gelatina pura.
Ya de niño, sus padres descubrieron sus inquietudes y le regalaron una cocinita. Mientras los otros niños pasaban las tardes de otoño majándose a palos y abriéndose la cabeza con ladrillos y adoquines, Remigio simulaba suculentos asados y burbujeantes filetes en su cocinita. Tenía un problema, babeaba demasiado cuando se imaginaba a si mismo, en su propia mente perversa-psicópata cocinera, todo ese surtido de productos chisporroteando. Tenía que llevar un babero a todos los lados y lo ponía todo perdido. Gracias a dios, pudo contener sus fluidos a la edad de seis años.
Su padre siempre repetía lo mismo:
- ¡Ay Remigio, Remigio… pedazo de maricón!
Su adolescencia no fue fácil. En su clase, los jóvenes se dedicaban a las cosillas de la edad, como las drogas, los asesinatos, encerrarse en sus habitaciones al grito de sus padres, y dislocarse la muñeca derecha (y la izquierda los zurdos o los que querían probar experiencias nuevas). Pero Remigio no podía olvidar el sonido de la comida asándose contra su fiel metal. Era su droga. Dependía tanto de la plancha que ingresó en un centro especializado en atención a adictos de la plancha. Pero escapó propinando porrazos y guantazos a los lacayos y guardas del lugar. Con una plancha.
Tras escapar, surgió su epoca impresionista. Descubrió el veganoimpresionismo, consistente en mezclar trozos de brócoli y calabacín, artísticamente dispuestos. Se sumergió en la biografía de los grandes artistas de la plancha impresionista, como Planch Gogh.
Canturreaba mientras colocaba con mimo los ingredientes y probaba otros nuevos: un trozo de zanahoria aquí, un poco de brécol, champiñón, un trocito de pierna de su vecina…
También, por aquel entonces, tuvo una novia. Adela. La primera y la última. Lástima que no compartiera su pasión por la plancha, como él.
- ¡Pero que raro eres Remigio, con tus humos, y tus chisporroteos, y tus pedos y tus… cosas!
Remigio se sintió tal ofendido que la dió un planchazo. A la pobre Adela se le quedó la cara de plancha de por vida. Fue contratada para modelo del catálogo de Tefal.
Para olvidar los problemillas de su relación con Adela, y su olor de pies, abrió un restaurante. Lo llamó “La planchería del sur”. Desperdo tanto interés y curiosidad que la ciencia de viajes en el tiempo avanzó una barbaridad. Sólo para poder sobrepasar la larguísima lista de espera del restaurante.
Creaciones como “pedazo de armario embutido en manteca de cerdo a la plancha”, “aire a la plancha”, “tostaditos de patatina sumergida en huevo y aderezado de cebolla (el vulgo la llamaba tortilla de patata” y su más famosa creación, “sorpresa de vagabundo muerto a la plancha” hicieron felices y milionarios a miles de clientes y vendedores de píldoras digestivas y ataúdes respectivamente.
Era tal el éxito que estaba cosechando, que a la edad de 30 años, decidió franquiciarse bajo el nombre “Planchuqui´s Corner”
Empezó a dar conferencias sobre el uso de la plancha por todo el mundo, incluso extendió su sed de conocimientos planchíferos a otros campos como tirarse en plancha a la piscina o el planchado de camisetas de algodón. Para Remigio nada era bastante, y cultivó una gran sabiduría en torno a la planchoesfera.
A la edad de 32 años, decidió traer al mundo su gran creación. Invirtió grandes cantidades de dinero y estiércol en ello. Quería dar con la formula de la crujientidad perfecta. El churruscado perfecto, el crujir de los dioses. Conseguir un alimento tierno por dentro, jugoso como un tomate recien cortado, pero a la vez tan sonoramente crujiente como hielo siendo picado.
Se encerró en su laboratorio y fue guardando todas sus investigaciones en su ordenador. Lamentablemente, un dia, en un afán de innovación, frió a la plancha el disco duro.
- No, los discos duros no se frien. Se asan al horno.
Esa fue la respuesta del servicio técnico.
No se vió con ganas de empezar la investigación de nuevo, asi que pensó en ocupar su mente en otras cosas. Decidió explotar su laboratorio. Todo científico reputado que se precie, había hecho explotar su laboratorio. Y el laboratorio de Remigio aún no había explotado.
Tenía que encontrar la manera de explotar el laboratorio. ¿Dinamita? No ¿Explosivos plásticos? Psa, demasiado convencional.
Fue entonces cuando se le iluminó el fogon -perdón, bombilla-. Una idea que llevaba en su cabeza muchos años. No eran más que leyendas urbanas, pero ¿y si fuese verdad? ¿y si de verdad ocurriera? ¿y si le tocara la loteria?
En efecto, iba a probarlo. No solo podría explotar su laboratorio, también podría comprobar si la leyenda era cierta.
Hace algunos años, en una vieja taberna de Moscú, conocío a alguien que afirmaba tener la fórmula del crujientillo perfecto. ¡Ningún hombre antes lo ha probado! -Afirmó aquel viejo desdentado, y mudo-
La idea era sencilla en esencia, pero compleja en perfume.
Freír una plancha. Es decir, plancha a la plancha. La cantidad de energía que desprendía sería peligroso, pero Remigio sabía lo que arriesgaba y lo que podía obtener a cambio: el elixir de un tostado perfecto.
Se puso manos a la plancha. Sacó sus dos mejores planchas de la colección, las puso juntas con un pedazo de carne de pollo, encendió el fuego.. y esperó.
A los cuatro minutos, el pollo adquirió un color dorado como nunca antes había visto, un olor que sería capaz de resucitar a los muertos, y un sabor digno de enciclopedia. Lo guardó en un tubo de ensayo, y siguió probando con otros tipos de comida.
Lamentablemente a los siete minutos el laboratorio explotó. Pero Remigio ya estaba muy muerto. El pollo estaba envenedado.
Adela fue la culpable. La venganza era una plancha que se servía fria. Se hizo con el elixir perfecto del sabor y montó su restaurante “todo lo que siempre quisiste saber sobre filetes y nunca te atreviste a preguntar”
Por supuesto, Remigio volvió un ratico de su muerte para pedir que su cuerpo fuese asado a la plancha, y sus crujientes restos, ofrecidos como comida a algún animal terrestre no-volador.
Luego volvió a morir un montón.