Una noche las llamas abrasaron los árboles que daban sombra. Desde entonces no hay refugio en este desierto. Brazos de fuego me sostienen, caminando hacia una gran catarata. Espejismos que alimentan una sed que no me abandona.
Alrededor del oasis que era mi hogar solo quedan cenizas que se mezclan con la arena.
En el polvo gris queman aún las pisadas de la silueta incendiaria que hizo lumbre de mi reposo. Profundos senderos formados por sus huellas quedan como rastro de la huida. Pero no se pierden en el horizonte tras las dunas, no se alejan. Un camino infinito bordea los ahumados restos de mi fragante palmar. Los pasos primeros se unen con los últimos y dan vueltas. Forman caminos que traspasan la razón en este desierto de calor e introducen la duda.
Quién fue el espectro que prendió fuego a mi sombra.
Fue él o fui yo.
Espejismo desértico con el que os dejo en buenas manos. Más o menos oxidadas, más o menos informatizadas, más o menos fotografiadas.
Me marcho de vacaciones unos días.
Me voy una semanita a la playa a quemarme los pies en otras arenas y a apagar mi sed en agua de mar.
Ea…
