humanidad desenfocada

El primer domingo del invierno de un año que nadie registró, precisamente a la hora en que la ciudad era un hervidero de taciturnos paseantes ávidos por agotar la última luz de la tarde, Lázaro atravesaba la multitud. Andaba inquieto, haciendo grandes esfuerzos por no arrollar a ninguno de aquellos extraños seres que caminaban persiguiendo los huidizos rayos del sol. Una mezcla de temor, repulsa y resignación se observaba en la mirada de Lázaro, no había conseguido acostumbrarse a vivir entre hombres sin rostro.

Hacía tiempo que había perdido toda esperanza de encontrar a alguien que, como él, no hubiera sufrido los extraños efectos de aquella luz verde con que amaneció inundado el mundo, más de veinte años atrás. Progresivamente, aquel verdor luminoso borraba las caras de las personas y las teñía de la monotonía de un solo gesto, haciendo imposible encontrar el más mínimo atisbo de expresión, de alegría o pena, en aquella turba de gente que parecía seguir viviendo en la rutina de existir, sin otra aspiración que permanecer igual que ayer, mañana. Los sin rostro llevaban una vida vegetal, marcada por la costumbre de pasear y beber el mismo veneno lumínico que había sido el principio de la pesadilla de Lázaro. La búsqueda de la luz era quizás, como para un girasol, su única ambición, principio y fin de toda su existencia.

Lázaro se preguntaba a menudo por qué la luz no le había afectado como a los demás, despojándole de sus inquietudes y de su rostro a cambio de convertirse en un autómata sin preocupaciones. Cuando la soledad lo consumía, envidiaba el alma muerta de los sin rostro, que no sufrían por nada, incapaces como eran de diferenciar una lágrima de pena, de un adoquín.

Pasado ya tanto tiempo de aquel primer amanecer verdoso, Lázaro se dijo a si mismo que antes de caer en la locura de desear por más tiempo la rutina de un autómata, por su propia mano acabaría con su vida. Buscó cual sería el mejor lugar para dejarse morir y lo encontró entre la vegetación, ya salvaje, de un parque descuidado. Se echó sobre el musgo y se dejó morir, de hambre, soledad y ansias de encontrar con quien hablar, en la otra vida.

No tardó mucho en cerrar sus ojos para siempre, rodeado de hombres sin rostro, que, ajenos a su sufrimiento, tomaban el sol sentados en la hierba.