Un relato.

Me había fijado en ella. El gracioso vaivén de su vestido violeta y su cabello del color del fuego ya habrían bastado para llamar mi atención, pero fueron sus ojos de jade los que me volvieron loco. Estaba perdido y un instante había bastado para perderme.
Allí estaba yo, extasiado, contemplativo, absorto en los pormenores del futuro feliz que la vida nos podría deparar si ella y yo estuviesemos juntos. Mientras observaba con adoración a la inspiradora de mi beatífica sonrisa, el sol invadió el lugar y su pelo brilló con los colores del otoño más vivo.
La literatura romántica que tanto me emocionaba alimentó mis sueños de ilusiones. No podía dejar de mirarla mientras ella tomaba ausente su café, con la mirada perdida en el infinito. Navegando quizás en mundos que solo sus ojos de jade podrían alcanzar.
Antes de que hubiese podido recuperarme del éxtasis de mi imaginación, ella me sorprendió. Desde el lugar que ocupaba en la esquina del café, junto a la puerta, me miró y me guiñó un ojo. No había duda, me había guiñado un ojo. Me emocioné. Antes de que fuese capaz de reaccionar e hilar una respuesta cabal, volvió a hacerlo. Entonces tuve la certeza de que el destino existía y aquella sería la mujer de mi vida, madre de mis hijos. Supe que se llevaría bien con mi madre, con Pitu, la gata, y que me haría un hombre dichoso. Comprendí que me esperaría con las zapatillas y una taza de leche caliente con galletas a mi vuelta del trabajo.
Entendí con su segundo guiño que ella había quedado prendada de mi como yo de ella en un instante. Sin duda había mantenido la compostura, se había mostrado poco interesada para no mancillar el halo de pura inocencia que la envolvía, pero no pudiendo contenerse más, me había guiñado el ojo como señal de su vivo interés por mí.
Me levanté y me dirigí a su mesa. No cabía en mi de gozo y a cada paso que me acercaba a su sitio, más ligera me parecía mi propia presencia. Flotaba a su encuentro.
Cuando ya estaba a dos mesas, sentí el perfume de su cuerpo, olía como las lilas en primavera. Embriagado por este olor, apenas me di cuenta de que algo me había hecho estornudar. Era tan normal en esa época del año, la primavera, que los estornudos que me provocaba la alergia estaban muy lejos de competir con lo que en ese momento ocupaba mi mente.
Súbitamente, el terror se cebó con mis huesos y me paralizó. A dos pasos de su mesa la ceguera del amor cedió un instante para descubrirme que los ojos de mi amada estaban irritados por la alergia primaveral. Cuando ella estornudó siguiendo mi ejemplo, puso fin a mis ilusiones, guiñando los ojos para restregarselos con ímpetu. Locos estaban por las gramíneas del aire más que por mis huesos.
Maldita alergia primaveral.