El pasado Viernes Santo estuve en Toledo, paseando por sus calles de cuento, atestadas de turistas. Fui a ver las celebraciones propias del día y todo quedó en ver la caída de la lluvia. Pero no me volví de vacío.
Cerca de Toledo hay un pequeño pueblo, un pueblo rodeado de verdes campos de labranza, que parece anclado en otra época. Envuelto en la música de las gotas de lluvia que chocaban contra el suelo, volví a otro tiempo en donde el reloj corría más lento y las casas eran más bajas. No me cuetsa mucho esfuerzo volver al momento en que lo descubrí. Casi puedo sentir el tacto de la piedra mojada y oler la humedad de la tierra, ahora que os escribo sobre ello…
En la calle principal, la del Generalísimo, esquina con Jose Antonio hay una panadería, un verdadero centro social hasta hace unos años, cuando llegó el supermercado. Una panadería con sillas para los clientes, para que se queden y comenten las chanzas del pueblo después de comprar el pan. En este pueblo, también hay un bar con tres parroquianos, eternos camaradas del palillo y una iglesia de piedra que se salvó, por azares que me son ocultos, de los bombardeos de la guerra y aún permanece, erguida en la plaza mayor, a la espera de las beatas.
La soledad de las calles, las casas encaladas, las esteras y a los campos vinieron a mis ojos como recuerdo de otro tiempo, el tiempo de la Castilla vieja que esta desapareciendo, surcada por carreteras y molinos eléctricos.
Alguien que escribió muy bien sobre esta Castilla y sus paisajes fue Miguel Delibes. Por eso os recomiendo su libro Viejas historias de Castilla la Vieja. Dos relatos breves que te transportan y en donde queda muy claro por qué esa Castilla enamora. Está publicada en Destino y merece la pena leerlo. En los tiempos que corren, parece que se confirma que ser de pueblo, es un don de Dios y que Dios ya no dispensa muchos de aquellos dones.
