Mi ‘bienamada’ universidad, que enriquece mi vida con “anécdotas”, me ha dado una semanita, dura… sobre todo en cuestión de olfato. Se les ocurrió la buena idea de abonar estos días, y la peste a animal enfermo que hiede a distancia, desde el metro hasta la puerta… es de verdadera impresión.
Hoy, al entrar en el vagón del metro, de vuelta a casa, cuando la peste que creía haber dejado fuera, me estalló en la cara… recordé este “crimen ejemplar” del gran Max Aub y deseé, por un instante, realizarme en él.
Aquí os clavo este cuentecillo… tan ilustrativo
ÍBAMOS COMO SARDINAS y aquel hombre era un cochino. Olía mal. Todo le olía mal, pero sobre todo los pies. Le aseguro a usted que no había manera de aguantarlo. Además el cuello de la camisa, negro, y el cogote mugriento. Y me miraba. Algo asqueroso. Me quise cambiar de sitio. Y, aunque usted no se lo crea, ¡aquel individuo me siguió! Era un olor a demonios, me pareció ver correr bichos por su boca. Quizá lo empujé demasiado fuerte. Tampoco me van a echar la culpa de que las ruedas del camión le pasaran por encima.
Max Aub.
Crímenes ejemplares.