Esta vez Kevin miró más alla de la suciedad de las ventanas de aquella casa que le retenía. En realidad no sabía cuanto tiempo había estado allí, por lo que no podría de ningún modo saber si era preso de sus paredes, o visitante de ellas. En la distancia, se vislumbraban los tonos ocres, dorados y rojos del atardecer. Inclinó la mitad de la comisura del labio hacia arriba en un gesto de autocomplaciencia. Siempre los pintan igual. Nunca recordó haber tenido un atardecer de colores asfalto.
Encendió la máquina de las historias automáticas. Un sonoro click y un sonido a goma usada salieron de aquel armatoste de metal. Aquello empezó a crujir, como si pareciese que los engranajes lucharan entre ellos por sobrevivir. Tras una serie de alaridos mecánicos, escupió un trozo de papel amarillento y envejecido.
“Cerdos y silbidos”- Rezaba el papel, con letras de imprenta.
No le convencía. Dondequiera que llevase aquello, no llegaba a entender la relación que podría establecerse entre animales y resoplidos. Volvió a apretar y de nuevo brotó otro lánguido papel.
“La persiana de Julia”
Julia podría ser una ingeniera de estructuras. O mejor aún, deportista de élite. Pero, ¿que le pasó a su persiana? Tal vez el vecino, cansado del color aburrido y blanquecino de ese trozo de plástico con agujeros, decidió por su cuenta embadurnar la superficie con un bote de pintura morada. Y Julia odiaba el morado. Treinta páginas más tarde una bonita relación surgiría entre ella y su vecino.
Volvió a presionar el botón, no sin pocas esperanzas de encontrar algo que mereciese la pena. Tomó de nuevo el papel entre sus manos y movió sus gafas delicadamente para leer, en otro pedazo de papel, la frase “La tarde naranja”.

